Eres alguien que hace que las cosas pasen.
Construiste algo. Un negocio, una carrera, una familia, una vida que se sentía bien.
Eres la persona que resuelve. A quien llaman cuando hay un problema.
Sostienes a los demás. Casi siempre sin que nadie te pregunte cómo estás.
Hasta ahora nada se te había escapado de las manos.
EL PROBLEMA
Y de pronto aparece algo que no se resuelve.
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Alguien murió.
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Un matrimonio terminó.
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Una carrera se cayó.
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Un país dejó de ser tuyo.
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Alguien que sigue vivo pero ya no está.
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Una versión de ti que ya no existe.
Y como eres quien resuelve, sigues funcionando por fuera mientras por dentro no funciona nada.
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El cuerpo. Duermes mal. No tienes apetito. Llevas un cansancio constante que no se quita durmiendo.
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La cabeza. Las decisiones simples te pesan como si fueran grandes. Empiezas cosas y no las terminas. Vives con culpas que no son tuyas, dando vueltas sobre lo mismo.
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Lo de afuera. La gente que no sabe qué decirte. Los que desaparecieron. Los trámites, los papeles, las cosas que hay que decidir ya.
Es mucho.
Yo dormía tres horas y estaba seguro de que lo estaba manejando bien.
Y es justo cuando la vida que construiste empieza a sentirse en riesgo.
Porque en este estado sentimos que vamos a perder mucho más: la salud física o mental, las relaciones, todo lo que hemos construido.
Hay Salida
No estás perdiendo la cabeza.
Yo creí que sí. Que algo se me había dañado para siempre y que el resto de mi vida iba a ser así.
No era eso. La pérdida altera la mente, y eso es literal. La parte que planifica y decide baja de revoluciones. La que detecta amenazas se queda encendida. El cuerpo trata la pérdida como un peligro físico y responde como tal.
Por eso decidir es pedirle al cuerpo un esfuerzo que hoy no puede dar. No es falta de carácter ni de ganas.
Es un estado. Y de los estados sí se sale.
Lo único que me dijeron fue lo que no debía hacer.
No tomes decisiones grandes este año. Dale tiempo.
Es lo que te van a decir a ti también. Y es un buen consejo que no sirve de nada. Nadie te dice qué sí hacer.
Entonces uno hace lo que sea. Renuncia. Se muda. Vende. Deja de contestar el teléfono. Y lo hace convencido de que está avanzando, porque moverse se siente mejor que quedarse quieto.
Yo hice todo eso. Después de que murió mi esposa dejé mi empresa, mi apartamento y a casi todos mis amigos. Desarmé en un año lo que me había tomado diez construir. Once años después sigo pagando esas decisiones.
Solo hubo una cosa que hice bien, y no fue idea mía.
A los tres días de la muerte de mi esposa me llamó alguien que había vivido algo similar. No me acuerdo de nada de esa conversación menos de una frase:
Si te vas a hundir, hazlo, pero que alguien esté cuidando a tu hija.
Eso fue lo único que alguien me dijo que hiciera. Una sola instrucción, concreta, que podía cumplir ese mismo día sin tener que decidir nada más.
Y me sostuvo.
De ahí sale todo lo que hago hoy.
Aligera la carga.
Lo que necesitas es el tipo de acompañamiento correcto. Para ti.
Necesitas un plan para las próximas semanas. (El duelo dura mucho más que los días de permiso que te dieron.)
Necesitas entender qué te está pasando por dentro. (No lo estás haciendo mal. No hay una forma correcta.)
Necesitas algo que puedas hacer ya, no dentro de un año. (Moverte no es faltarle el respeto a nadie.)
Necesitas que alguien se acuerde de los detalles sin que tengas que contarlo todo otra vez. (Ya cansa explicarlo.)
Necesitas que te digan qué sí hacer, no solo qué evitar.
Y necesitas saber que no estás en esto por tu cuenta.

HOLA
Soy William
Perdí a mi esposa en 2015. Todo lo que sé de esto lo aprendí primero equivocándome.
Después me formé como coach de duelo certificado, como doula de final de vida y como guía de medicinas psicodélicas. Llevo años acompañando gente que llega por caminos muy distintos y se detiene en los mismos lugares.
En una sesión sé ver en cuál de esos lugares estás. Casi nadie lo ve por su cuenta, y por eso lleva años dándole vueltas.
Antes de esto pasé veinte años como editor y director de post-producción, contando historias de otra gente. Sigo contando historias, ahora las que de verdad importan.


Es posible
Salir de esto no es volver a como estabas.
Ese mundo no regresa. Pero lo que viene puede tener otra forma.
Volver a tener algo que esperes con ganas.
Tomar una decisión sin que te tome tres meses.
Hacer planes para dentro de un año y creértelos.
Llevar contigo lo que perdiste sin que sientas el peso del mundo encima.
Esto importa porque no podemos cambiar que la pérdida ocurrió, ni lo que vino con ella. Lo que sí podemos cambiar es quién decide de aquí en adelante.
CÓMO TRABAJAMOS
Tres meses, tres cosas que ocurren a la vez.
Juntos vamos a ordenar los días
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Un espacio dedicado a tu duelo
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Ponerle nombre a lo que se perdió, aunque nadie lo haya llamado una pérdida
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Armar una estructura escrita. No la ideal, sino la que puedas sostener esta semana
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Separar lo que se hace aunque no quieras de lo que necesita ganas y decisión
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Ajustarla cada semana según lo que se sostuvo y lo que se cayó
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Proteger el trabajo, la casa y la gente que todavía tienes cerca
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Sacar lo que sobra, si llenaste los días para no sentir
Juntos vamos a desmontar la frase
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Identificar en qué punto exacto te detuviste
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Nombrar la lectura que la pérdida dejó instalada sobre ti
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Rastrear dónde te está limitando: las decisiones, las relaciones, el trabajo
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Corregirla con tus palabras y con lo que va pasando semana a semana
Juntos vamos a salir a probar
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Preparar aquí la conversación o la decisión que llevas meses evitando
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Hacerla afuera y volver con el resultado
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Registrar la evidencia que tu cerebro está descartando
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Comprobar que ya te estás moviendo, con las pruebas en la mano
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Definir el proyecto propio que queda abierto cuando yo salgo
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Decidir qué lugar va a tener en tu vida lo que perdiste: qué conservas, qué cuentas, qué haces con eso
Todo el tiempo vas a tener espacio para tu duelo, sin que nadie te apure y sin que nadie te diga que ya deberías estar mejor.
Qué incluye
Diez sesiones en tres meses. Semanales los dos primeros meses, quincenales el tercero. El espaciado es parte del diseño: al final ya andas por tu cuenta y hay que comprobarlo.
Una estructura escrita desde la primera sesión. Sales con algo concreto que hacer, no con una explicación más de lo que te pasa.
Contacto entre sesiones. Escríbeme cuando pase algo, a la hora que sea, con un horario de respuesta claro.
El Protocolo, cuando llegue el momento. Una práctica diaria de noventa días que no se abre en la semana uno, sino cuando ya recuperaste piso.
Y algo que ningún programa hace: alguien que ve tu cara cuando dices que estás bien. Si esta semana pasó algo con tu familia, o con tu trabajo, o llegó una fecha que no querías que llegara, cambiamos lo que vamos a hacer la próxima. Ese ajuste no lo da un curso, ni una app, ni un libro.
Para quién es
Para alguien que construyó algo y hoy no logra moverse.
Da igual si la pérdida fue hace tres meses o hace nueve años. Lo que importa no es cuándo pasó, es cuánto de tu vida sigue detenida por eso.
También para quien llega sin saber que lo que tiene es una pérdida. Alguien que se fue estando vivo. Un final que nadie llamó final.
No es para quien está en crisis aguda y necesita atención clínica. En ese caso te digo dónde ir, y esto queda para después.
La inversión
$5,400
Tres meses
Lo que está en juego no es el precio. Es lo que cuesta el otro camino: el trabajo que soltaste, la casa que vendiste, la gente que dejaste ir. Eso no se recupera con dinero y no se revierte con tiempo.